MI MUSICA

lunes, 9 de agosto de 2010

Suena la música dentro de mí, como si mi interior fuese una enorme catedral, con aroma a soledad y a vela derretida, con las sombras de la misma fundiéndose en las paredes de mi alma; allá al fondo, infinitamente perdido en la catedral de mi interior, una luz vacilante y cimbreante refleja mi propia sombra en mí mismo. Allí me veo desde fuera como si cuerpo y alma fueran dos amigos ajenos, separados y aislados cada uno en su propia esencia. Son los sentidos del alma los que me gobiernan, los que me conforman, y mi cuerpo, el amigo al que protejo y miro, con infinito amor, porque sé de su intrascendencia, porque lo sé perecedero y frágil. Siento profunda pena del amigo que dejaré atrás, allí, a sólas, en lo profundo de la catedral, perdido en el tiempo. Me sé yo desde fuera de mí mismo. Es la experiencia de lo sublime, mientras el eco de la música retumba y recorre el negro y profundo vacío de la catedral. Ecos suaves, tranquilos, que se pierden y regeneran en una onda infinita…

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