MI MUSICA

viernes, 13 de agosto de 2010

iNTIMISICIONES…CONVERSACIONES CON LA VOZ INTERIOR.

El joven anciano tomó la postura acostumbrada en él , cuando estaba en la disposición adecuada para mantener una conversación . Nos conocíamos ambos por igual:  él en su posición y yo en la mía. De algún modo, que yo, aúnque vislumbraba, no acertaba a explicar racionalmente éramos ó así lo sentía yo, una misma cosa.

Nos sentamos uno frente al otro, en la posición de loto, y nos mirábamos a los ojos , y aunque nos dirigíamos la mirada, ambas tenían rumbos diferentes. Eramos como dos aparatos de radio que intentaban sintonizar la misma onda.

El tiempo perdía su significado cuando nos manteníamos en esa situación. No podría definir, así, el tiempo que nos buscábamos sin intención.

No podría medirlo en ninguna unidad de tiempo conocida. Quizás toda una vida, no lo sé.

A veces, especialmente cuando yo andaba más perdido en mis penas y tribulaciones, cuando yo, precisamente más necesitaba una voz amiga, una “razón” que me ayudase a comprender el por qué de mi dolor, el por qué de mi comportamiento y la explicación consciente, –material- del significado del sufrimiento que me embargaba, a veces, digo, no llegábamos a mantener una conversación física ó tangible.

Era en esos momentos precisamente, cuando la  única relación la entablaba conmigo a través del silencio, y la solía terminar con una sonrisa indulgente y plenamente expresiva, con un extraño poder: el de hacer desaparecer mis cargas.

En otros momentos, – y eso es algo que sí he comprobado-  momentos en los que yo me encontraba en el estado de ánimo que él consideraba adecuado para recibir la “enseñanza”, un pequeño movimiento físico de acomodo en su postura, me indicaba que, seguidamente, se iba a disponer a hablarme.

¡Cuántas cosas me ha contado! ¡Cuántos secretos, cuántas medicinas milagrosas me han cicatrizado instantáneamente las heridas del alma esta presencia interior!

Cosas como el valor del tiempo, el concepto de lo real y de lo aparente, el significado y sentido real de los sentimientos humanos, que son sólo respuestas al instinto , cosas que, adquirían en mí, el valor de perlas de felicidad.

Me ha enseñado tantas cosas, advirtiéndome, empero, del peligro  que suponía esas adquisiciones para la convivencia en lo material, para las relaciones humanas y sociales.

Hubo algo, que desde el principio, quedó, de una forma intangible, claro por su parte,, y era el hecho de que el conocimiento te aisla, porque te convierte en extranjero en el país de los demás. Que el conocimiento es  la respuesta a la verdad buscada, y que sólo era palpable, sólo era utilizable, no por sí misma, sino porque era el resultado de la intención, y que era esta la que le dotaba del poder al buscador.

No era la verdad en sí misma, sino la respuesta a la pregunta, la unión de ambas intenciones, la que daba el carácter “sobrenatural”, esencial,

a la verdad.  Cerradura y llave habían de coincidir; la llave por sí misma no abría todos los candados.

Uno debía ser el baúl  adecuado, ser el receptor adecuado en la intención y proposición, para que la llave encajara.

De nada servía explicar lo explicado, de nada servía explicar, en el lenguaje de lo humano lo aprendido, porque la llave sobre la piedra no abre nada.

Me habló de la elección del buscador: la soledad de lo externo;  me advirtió de lo duro de la capacidad de leer el pensamiento, de “sentir” las intenciones y las vibraciones de los demás, porque, eras sometido continuamente a “sacudidas” y choques violentos en la frecuencia de sintonía con el mundo  exterior.

Y así a veces, tenía que desviar la mirada, agachar la cabeza ó entrar en un estado de “aparcar” la visión, para no recibir  tal cúmulo de bajas frecuencias, por definirlas de alguna manera.

Me hablaba él de tantas y tantas  cosas, a veces, de forma increíblemente fluida y concentrada, y otras, con más mesura y pausadamente. Conocía mi estado interior, mi estado receptivo a la perfección. Ni un más ni un menos, sólo lo adecuado a mi momento.

Frecuentemente, la conversación terminaba de la igual manera que empezó: con una especie de silencio comunicativo, como si se diluyese pausadamente en el espacio, en el tiempo, casi imperceptiblemente, de tal manera que llegado el momento, no era consciente de su “marcha”.

Sólo un extraño bienestar interior acompañado la mayoría de las veces con una acuciante necesidad de escuchar música, como si esta fuera el puente necesario, el estado intermedio de las dos realidades, como si fuese el punto de “descompresión” obligado para volver a la superficie, al estado de lo físico, sólo un extraño , leve, estado de separación, me hacía ser consciente de la experiencia.

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