Si no se es capaz de apagar la luz y cerrar los ojos para escuchar la música , es que, sencillamente no la amas.
La amas en silencio interior, con los ojos cerrados, a solas contigo mismo. El sonido debe sonar a hueco en tu propio corazón, no en tu mente.
Sentir la música es iniciar un viaje interior a través de lo intangible, es la satisfacción de una necesidad acuciante, una llamada de la voz interior.
Y entonces te conviertes en parte de la propia melodía, te disuelves en su propio ritmo, vibras a su antojo, a su nivel.
Eres la propia energía de la música, en un diálogo que nada tiene que ver con lo tangible.
Es, sencillamente un acto profundamente emocional y espiritual. Es una herramienta para reconciliarte contigo mismo,
a solas, en el silencio que la música te brinda, liberándote del ruido externo, acallando la voz de lo mundano y superflúo.
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