MI MUSICA

jueves, 8 de julio de 2010

DESPERTARES

Este es un término que acuñé allá cuando tenía once años, y que he venido utilizando desde entonces en mi diario, el otro, el de papel, el de las páginas ya amarillentas, esas que conservan el color, olor y sabor, del paso del tiempo, pero que encierran en sí mismas, para mí, todo el potencial de una semilla.

Todos hemos soñado y a todos nos ha ocurrido despertarnos en un momento perdido, en un momento que anclado en un segundo entremedias del antes y el después, que se nos hace interminable, encontrarnos, digo, sumidos en la  angustiosa sensación de no poder ni saber dilucidar, cuál es el sueño, y cuál la realidad.

Es un segundo arrimado al devenir normal y natural del tiempo, y que se nos hace por ello extrañamente interminable.

Hasta que, de pronto, en un certero punto de inflexión,todo parece cobrar de nuevo sentido, el reloj continua y recupera su inexorable camino, y volvemos a tomar "conciencia"de eso que llamamos realidad, aunque sigamos durmiendo, y volvamos a retomar el hilo del sueño nuevamente.

Ese instante, es un aspecto del "despertar" del que hablo.

Esos "despertares", no ocurren así sin más, no aparecen y se van sin dejar rastro, sino que, por el contrario, te dejan y plantean numerosas dudas, te provocan multitud de sensaciones, tales como si realmente el sueño es sueño, ó el sueño real es eso que llamamos realidad, ó lo que es lo mismo, que de este lado , en la vigilia,  estamos sumidos en un sueño, que es el cierto.

La vida es sueño, decía alguien, probablemente aludiendo también a esta inquietud.

Vivo soñando que vivo, y es la muerte el despertar de ese sueño engañoso e irreal.

Y el "despertar", mis despertares, me han enseñado que la muerte no es el fin, que es sólo una parte , una experiencia más de la etapa de lo que llamamos vida, y que esta es un sueño, en el que perdemos la conciencia de la verdadera realidad, aquella que se nos escapa a nuestras limitadas capacidades y sentidos, que nos aislan y nos impiden acceder al todo, a la infinitud en que navegamos como seres espirituales.

Vivir se convierte así en ir encerrados en un vagón de un tren, que sigue su trayecto inevitable, mientras nosotros, aislados, miramos desde la ventanilla, durante breves instantes el paisaje exterior, que se nos muestra irreconocible e irreal, por lo fugaz de la visión, pero que nos deja entrever y nos deja la constancia de que fuera hay todo un mundo, que fuera está la verdadera vida, la verdadera realidad, y no esa que nos encontramos entre las cuatro paredes, estrechas y agobiantes del vagón.

Soñar...despertar, todo un dilema de qué es qué, y dónde empieza y comienza cada uno . Cuestión de tiempo descubrirlo, porque siempre, eso sí, , siempre, despertaremos para despejar la cuestión.

Morir, es, cerrar una ventana...para... ¡ABRIR LA PUERTA!

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