Hay pocas cosas de las que esté seguro, pocas, prácticamente ninguna que conformen mi saber, pero hay dos que sí sé:
-que no conoceré la verdad, (en esta etapa de mi existencia al menos), y que, por contra estoy en la obligación espiritual de andar tras su encuentro.
Esta es, sencillamente, la paradoja del vivir el camino del ser. Partir en busca del conocimiento implica abrir la mente a las preguntas, lo que te lleva rumbo a lo desconocido, y te coloca frente a un abismo profundo e inquietante.
Cuando tu mente, por si misma, se plantea preguntas, surge un universo inexplorado ante ella. La visión se ensancha, los preceptos y conocimientos anteriores cobran nuevo y diferente sentido , se relativizan.
Surge otra manera de ser, una nueva visión, nuevos paradigmas toman lugar y posición en tu mente. Porque en este nuevo viaje que nos planteamos en busca del “ser” hemos de despojarnos de esa caduca visión de la realidad que nos aprisiona y conforma.
Hemos de considerar que ese cómodo espacio que nos hemos creado de inciertas realidades, es la suma de nuestras suposiciones.
Ese terreno mental que pisamos y consideramos la realidad es simplemente el mundo de nuestras propias fantasias y elucubraciones. Es el hogar de nuestra fábula mental, limitada y parcial: la suma de todas mis verdades es mi propia mentira.
El camino del sufrimiento te consume físicamente, es camino cuesta arriba, pero conforme vas subiendo ganas en altura y amplitud de miras. Sólo el observador de la mirada interior es capaz de vislumbrar el horizonte que se le ofrece. Yo he envejecido mucho en pocos años, estos últimos, y aún recorro una empinada cuesta en aras no de una juventud siempre e inevitablemente efímera, sino en pos del conocimiento interior.
Viaje musical a través del sonido del amor, bajo el tenue fulgor de las estrellas en el aterciopeado cielo de los corazones románticos.
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