Sentir la música es pararte a escuchar el silencio entre el ajetreo, es despojarte del ritmo que nos impone la vida.
Es modificar el estado de vibración alterado de nuestro ser por lo cotidiano, para latir, al ritmo de la música.
La vida es una puerta giratoria que da vueltas a un ritmo desenfrenado y nosotros hemos de adaptarnos a ese ritmo para poder entrar en ella.
Sentir la música es devolver al movimiento alocado de la puerta el pausado , acompasado. de nuestro corazón.
Detener la puerta, es devolver el sentido a nuestra vida, tomar las riendas de nuestra marcha, para apurar a sorbos, lentamente, serena y exquisitamente, el devenir de cada instante glorioso de nuestra existencia.
Entramos así en un estado en el que la cantidad deja de tener valor, porque el ritmo toma una escala amplia, en lo profundo, en lo íntimo. Los matices de la música se tornan infinitos, dentro de lo aparentemente suave.
Ricos matices, dulces y serenos, nos van dominando poco a poco, haciéndonos vibrar a otro nivel, dentro de otra escala, que se torna infinitamente más amplia, en lo profundo, que la otra, la de la cantidad, la del poderío sonoro, donde el sonido apaga el eco de la música en nosotros mismos. Porque sentir la música es alcanzar la capacidad de vibrar en su interior, sumergirse en ella , no atravesar su superficie.
Sentir la música es ser ella, es esforzarse en acallarse para oirse, así, a su lado, entre sus notas , es disolverse en la conciencia del sonido, que es sentimiento, para comunicarse con el propio corazón. Así, a solas, con la música como telón sonoro.
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