Me gusta pasear perdido entre las calles, absorto en la luz y en los gestos de los transeúntes, recreándome en mi pasión de mirar, de ser y estar , confundido, camuflado, insignificante y desapercibido.
Me gusta ser mirada ausente, solitaria, pasajero de mi mundo interior, saboreando el placer de sentir, sin más, sin otro objetivo que ser tiempo, instante consciente, pensamiento solitario que se mira a sí mismo, conscientemente consciencia.
Andar más allá de las distancias, ser más, más allá de las apariencias, confundirme en mí mismo, diluirme en los sentidos del ser pleno, unitario con la vida . Me gusta pasar sin ser visto, estar sin ser notado, mirar sin perderme en juicio ni valoraciones, sino simplemente ser consciencia que se recrea en sí misma, unitaria y silenciosa, solitaria e íntimamente solidaria con el todo. Ser tiempo eterno, mirada e impresión del ser parte del todo, yo mismo. Me gusta saberme frágil y al mismo tiempo todopoderoso, instante fugaz y eterno del todo.
Tomar mi cámara y mirar sin ser visto, como picaruelo chaval que pinta con sus propios colores su ilusión de ver y sentir, de vivir la vida de sus sentidos, hacedor de sus miradas, apercibidor de sus impresiones. Me gusta mirar y mirarme, ver y verme sin ser visto, como espíritu invisible que recorre las calles a lomos de su espíritu, como caballo desbocado del mundo que lo aprisiona, locuelo, terco y solitario.
Me gusta correr los verdes valles de mi mirada interior, entre las calles, entre las gentes, entre los fantasmas que proyecta mi mente más allá de mí mismo, para formar una estampa irreal de lo que parece ser.
Ser y estar en mí, a través de mí, en el todo, es tomar consciencia de quién y qué soy, es sentirme humilde y pleno, es llenarme del vacío, es, sencillamente …vivir.
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