MI MUSICA

jueves, 3 de enero de 2013

Conversaciones… ¿conmigo mismo?

Notas a la muerte de un compañero de viaje.  NENE, para tí que has vuelto …. que no te has ido.  Vivir es, el deber que tengo con la muerte, que es el regreso a la vida total, al despertar.

No eres sino lo que queda cuando te desvistes de las apariencias. No vives sino lo que hay dentro de tí, pues más allá de eso todo es la simple mancha de aceite que queda sobre la superficie, plana, obscura, vacía e inerte.  Hacerte cargo de tí mismo, es darle el sentido que la vida tiene realmente, es embarcarte rumbo a la felicidad, al conocimiento, es partir hacia el infinito y lo perdurable. Hacer migas con el corazón es tomar a Dios de la mano y encontrar un guiño por su parte, es perder el miedo a nada, porque en el todo, nada deja de ser, solo se convierte en otra cosa: tú mismo.  Porque cuando realmente me escucho a mí mismo, que es la voz del corazón, el diálogo del espíritu , es cuando realmente dejo de escucharme, para ser, sencillamente, la voz del universo, donde no teniendo importancia, eres lo más importante.

- Dios no resta ni divide, sino que es la suma que todo lo contiene. Nada de lo humano puede alterar lo divino. Nuestra mente siquiera puede arañar los muros del castillo que todo lo contiene, porque fuera del recinto de la verdad, fuera de la luz, todo es pura penumbra, todo es un simple juego de la mentira, pura ilusión.

Igual que en lo personal, nuestras apariencias, nuestra posición social, nuestros roles, nos crean falsas imágenes de nosotros mismos, al igual que nuestra soberbia y vanidad nos hace ver en el espejo de nuestras  propias mentiras, haciéndonos creer que somos más guapos que los demás, más inteligentes, en definitiva más merecedores que los demás, de todo, de la misma forma, como especie, nos creemos el ombligo del mundo, los reyes de la creación. Puro engaño de lo parcial, una burda mentira, una falacia de nuestras propias debilidades.

No somos dueños de nada, no somos reyes de nada, no somos sino lo que somos más allá de lo que nos hemos inventado. Estamos tras esas vestimentas, tras ese lujo, tras esas operaciones de estética, tras el maquillaje que nos deforma y enmascara. Somos el agujero negro del cementerio, somos las manos vacías del momento de la partida, somos lo que queda de lo que hemos logrado realmente.

Si no vemos  y vamos más allá de eso,  nos quedamos en puros fantasmas del engaño.

Hemos puesto nombres, nos hemos inventado conceptos, hemos delimitado el todo, y analizando, descomponiéndolo en minúsculas partículas, la vida se nos antoja manipulable, pero no sabemos, no podemos ver el concepto global, quedándonos inmersos en un simple juego, perdido en el tiempo,  aislado del fluir de la verdad.

Dios no tiene nombre, ni rostro, Dios no es ni está, porque eso no deja de ser sino otras de nuestras limitaciones mentales y verbales. No hay nada que esté fuera del todo, y en el todo, no somos sino una mera anécdota. Sólo la chispa divina, esa que mantenemos despierta en nosotros cuando regresamos a nuestro interior es la puerta abierta a la verdad.

Ver esa pequeña luz, atisbarla, es entender que nada es definitivo ,que todo tiene un sentido, aunque no sepamos verlo, y que tras todo lo mudable está la eternidad divina. Que nuestra intención cuenta, que nuestra voluntad de buscar cuenta,  que el miedo es, por tanto, otra mentira de nuestra mente, porque nada de lo que tengo me pertenece sino en el sueño que me mantiene dormido,  que aunque ganemos pequeñas batallas, la victoria final está hecha de otros valores.

Y esa luz, siquiera ese ápice luminoso, como cabeza de alfiler, nos dirige hacia otro camino, nos mantiene abierta la esperanza, nos enseña, nos protege, nos hace ver que no hay nada fuera del todo, que el mundo de lo humano es, pasajero, y que desde ese otro lado de la mirada, nada tiene más sentido, más valor que el que pueda tener un instante de un sueño: pura ilusión.  Pierdes el miedo a perder lo que no tienes, pierdes el deseo de la afanada “felicidad” humana, porque siquiera la diversión tiene sentido en el mundo de lo real, pues es tan pasajera, tan vana, tan efímera como las penas y sufrimientos. Vivir amargado por el sueño es tan falaz, tan ilusorio como la creencia, la lucha por el “divertirse” y el poder.

Hay quiénes viven inmersos en el espejo mágico de la soberbia y la vanidad, que nos devuelve lo que queremos buscar en él, nos da lo que pretendemos, nos enseña y lleva por el camino que buscamos, pero que, tras la mentira, el camino cierto nos mostrará nuestro verdadero rostro, nos enseñará a qué renunciamos, y qué hemos conseguido, quiénes somos realmente . Igual que nos  llega la decadencia y la muerte , llega el momento que el espejo mágico, ese que nos mostraba lo que nuestra mente quería, se convertirá en el espejo de la verdad, y entonces comprenderemos que Dios no resta, ni divide, que no anda por ningún lado, no se manifiesta, no necesita acólitos, ni representantes, que no es juez y verdugo, que no es la sombra del miedo, que no se sirve de la violencia para manifestarse, que, en definitiva,  no es otra  más de las imágenes  del espejo de nuestras vanidades. Y en ese nuevo estado vital, cuando atisbas la luz, todo recupera color y brillo, todo adquiere nuevas tonalidades, los sonidos son pura magia, cada instante es pura, confiada ilusión del ser.

- ¿Qué ó quiénes nos mantienen en este punto de sombra?

-¿Qué ó quiénes nos alimentan nuestras mentiras?

-?Qué ó quiénes nos impiden despertar, vigilando sigilosos nuestro sueño?

.¿A qué ó a quiénes interesa alimentar nuestro ego con el engaño?

-¿A qué ó a quiénes interesa mantenernos en el engaño para mantener su propia mentira?

--La libertad del ser, esa que te brinda la posibilidad de librarte a tí mismo, es fruto de la búsqueda del corazón. El camino hacia tí mismo te lleva a Dios. Cuando me escucho veo lo que hay en “mí” y habita en  “tí” Cuando te escuchas dejas de prestar atención a las otras voces. Cuando te miras, dejas de mirar lo otro, cuando escuchas y miras, todo lo demás deja de ser y estar, porque comprendes que todo es y está encerrado en tí mismo, en cada uno de nosotros, y, en la suma, no hay afuera: todo es todo

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