Hablaba con un compañero la otra noche, casualmente, sobre religiones y otras relacionadas con la divinidad, y compartíamos puntos de vistas amigable y respetuosamente sobre dichos temas. El es un conocedor bastante profundo de la Biblia, y ante cualquier duda ó aclaración, enumera y relata cualquier párrafo de la misma como explicación a cualquiera de ellos.
Yo argumentaba, humildemente, porque no renuncio, no dejo de aceptar la posibilidad de la equivocación, explicaba digo, que para mí, Dios es la infinitud, es el todo que todo lo abarca es el continente total. Es el pensamiento que todo lo contiene, es el sueño perenne que construye, donde todo se conforma. No hay punto que no esté en él, nada que no pertenezca a ese conjunto, ni siquiera el propio mal, concepto que por otro lado es bastante relativo.
Yo entendía que Dios me había otorgado mi capacidad de pensar y sentir, lo que conforma mi propia realidad, y que dentro de la realidad temporal y limitada, dentro de esos límites, también me había dado la libertad para tomar decisiones. Yo, le decía, no creo en el Dios juzgador, terrible y cruel, yo no creía en el Dios material, con rostro, cuál estampa de altar.
Tú eres quién, nosotros, quiénes lo dotamos de características, de psicología, de carácter, cuál personaje humano cualquiera. Creamos un Dios y le incorporamos detalles , ponemos en su boca frases, le hacemos responsable de acciones y argumentos propìos de cualquier otro ser humano, eso sí, dotándolo de ciertas capacidades “mágicas” cuál brujo encantador.
Pero con ello lo delimitamos, lo “responsabilizamos” de lo que queramos según nos convenga, según profesemos una ú otra religión.
El compañero no creía, decía él basándose en la Biblia, en la posibilidad de la existencia de vida “humana” fuera de nuestro planeta, porque eso se contradecía con la propia Biblia. Bajo su creencia, Dios está por tanto sometido a ciertas condiciones para ser real y creíble. Está contenido en renglones escritos en lenguaje humano, para humanos.
Yo, por contra, creo que mi inteligencia, mis sentimientos, mis limitaciones, me dotan de la necesidad, de la obligación de sentir y pensar, con el corazón, con la razón, con todos los medios que se me ha otorgado, en el sentido y fin último de las cosas. Eso me eleva, me da el carácter de ser humano, me sublima, me hace merecedor y alabador de Dios. Y es que él no necesita acólitos, no necesita aplausos , no hace méritos, no se nos esconde a ninguno de los que buscamos con toda la humildad, con la innata necesidad del encuentro independiente de cualquier consideración humana, tales como raza, religión, situación socia… Dios nos ve desnudos, por dentro, desembarazados de cualquier otra cosa que no seamos nosotros mismos, y ese es nuestro punto de trabajo, el lugar donde concentrar nuestro esfuerzo, y por contra, el lugar donde radica la verdadera felicidad. Más allá de ese núcleo vital, de ese epicentro espiritual, donde todo queda en mera suposición, en mera especulación temporal , anclado en lo efímero, en lo aparente, no hay otra que un sueño finito , en un breve palpitar del corazón.
Todos lo sabemos, todos sabemos de lo efímero de nuestra existencia, todos sabemos, que llegamos y partimos, con las manos vacías, que este intervalo es puro ensueño, que eso que llamamos diversión, riqueza, posición social, poder, soberbia y engaño, vanidad…todo es polvo de cementerio, que somos perdedores frente al tiempo, y sin embargo, no somos conscientes de nuestro lugar, de nuestra obligación, de que no somos nube de paso, sino lluvia que todo lo moja, que forma el río eterno, que la felicidad nada tiene que ver con lo que nos da la mente ni los sentidos, que somos, con toda la humildad, con todo el agradecimiento, con toda la aceptación, destello divino. Dios está y es, en y con todo. No hay afuera de él.
Y mi tiempo, el de este servidor humilde de la vida, este esperanzado navegante de mares de tormentas, de penas, de dolores, miedos y angustias, que conserva la mirada en el azul nocturno, que ve en las estrellas, un guiño compasivo, amigable, infinitamente amoroso de Dios, se ve endulzado, calmado, con los momentos de vida interior, con mis conversaciones serenas con el espíritu, a lomos de la música, Porque es el idioma de la Navidad, su esencia, su palpitar en el corazón del buscador, del navegante de ese mundo, donde solo se entra, a dónde sólo se llega con el corazón, con las manos vacías, y en que se vive pletórico de riquezas, con todas las necesidades satisfechas, con todos los deberes cumplidos, con el eco profundo, intimista de la música, compañera humana perfecta de esos instantes de contacto con el profundo ser.
NAVIDAD ES…TIEMPO…DE TÍ
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