Sumidos en el miedo por algo que imprevisible, nos amenaza cada instante, como parte intrínseca a la condición de la vida, que es un proceso cambiante, cíclico , que se renueva es dejar que el miedo absurdo a la posibilidad de lo cierto e inevitable nos haga perder la visión de lo real.
Tememos lo que no podemos evitar, nos protegemos y tomamos medida contra lo que nada podemos hacer, olvidando que el verdadero apocalipsis es el personal, ese momento que culmina con el abandono de la vida material, cuando el último soplo de vida se exhale de nuestros pulmones. No preparamos refugios, no nos pertrechamos para ese apocalipsis personal, mucho más cercano y previsible.
Aún seguimos emperrados en la mentira que nos revelan nuestros sentidos, no somos capaces de entender que no somos los autoproclamados reyes de la creación, porque eso es puro fascismo frente a la condición divina de la vida, y que nuestra condición es la ser una parte más, que por su propia condición tiene una importante responsabilidad frente al entorno y a sí mismo.
Aún no hemos sabido salir del reinado del intelecto, que no es capaz de discernir más allá de la condición aparente de las cosas, de su envoltura, la cáscara residual , y sumidos en el engañoso reinado de lo material, como autoproclamados reyes, en el más duro y estúpido golpe de estado, disponemos egoista y cruelmente de lo que nos rodea y de quiénes nos rodean.
Todo vale, todo es aceptable para conseguir lo que nos conviene, y en ese, con ese propósito nos valemos de la mentira, el engaño, la violencia, el poder…para doblegar y dominar todo lo que nos rodea, olvidándonos de nuestra verdadera condición, de nuestra deuda frente a la vida.
Y en este mundo, en esta sociedad actual, donde ser ó pensar de otra manera está mal visto, dónde se te aparta por querer discernir más allá de lo superflúo, donde el único objetivo es el divertirse, el poseer sin sentido, sin necesidad, lo convertimos todo en apariencias, en negocio, en falsas amistades y en un intento de mercantilizar, vendemos hasta el hecho de la Apocalipsis, como si asistiéramos a una experiencia teatral, no como terribles sufridores, sino como meros espectadores,
El apocalipsis es el personal, el de cada uno, en esta corta travesía, el final del camino, la culminación de la aventura de la vida material, irremediable, irremisiblemente. y en este viaje hemos de tomar la misión de dilucidar su sentido, el origen y el destino del mismo, valorar las cosas en su justo término, humildemente.
Porque no es la mente quién nos lleva al descubrimiento de la verdad, sino que nos embelesa con el espejismo de la superficialidad de las cosas, que en sí mismas siempre nos ofrece nuevas posibilidades, nuevas metas. El camino del corazón, la experiencia del alma, nos lleva al encuentro con el origen, el sentido íntimo y final de todo, la sabiduria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario