MI MUSICA

sábado, 28 de enero de 2012

EL OTRO LADO…

Aparté la vista de la carretera mientras conducía, ejerciendo mi trabajo  habitual,  y me sorprendió  descubrir al mendigo aquél.  Era un señor de caminar cansino, lento, como si el tiempo para él tuviese otro ritmo diferente. Paso a paso, meditado, empujaba el viejo carro de supermercado, cargado de bártulos, entre los que pude distinguir, entre bolsas y otros objetos que no llegué a identificar, dos viejas mantas.  Me sorprendí y estremecí por la sorpresa. Era él, dios mío, pensé, mientras un sentimiento de profundo respeto me invadía, llenándome de una mezcla confusa de sentimiento de admiración y lástima al  mismo tiempo.

No me  cabía duda: aquél viejo , de andar cansino, aquél que llevaba, probablemente, todas sus pertenencias, en el viejo carro de supermercado era el mismo pobre rico que había viajado conmigo en la guagua. Era él, el que siempre dejaba la vuelta del dinero.  Aquél que, con humildad, me hacía un gesto dejando el cambio cuando abonaba el precio del ticket.

Aquella imagen me sorprendió y abatió en lo íntimo. Me hizo ver la falsedad de las apariencias, de lo efímero , de lo iluso de los ropajes y escalafones sociales. Aquél mendigo, sin duda, era para mí, una lección, era, sin lugar a dudas un pobre rico, a diferencia de esos otros encapotados y aparentosos señores y señoras, disfrazados con sus ropajes y ademanes, esos que te miran con soberbia, y que te ponen la mano para recoger una moneda de dos céntimos. Esos que no son sino ricos pobres, esos que se empeñan, disimulan y disfrazan en aparentar lo que no son ni tienen, con actitudes egocéntricas, con atuendos y poses, avasallando para subirse sobre tus hombros y ganar en altura, la misma que por sí mismo no tienen.

Pobres ricos y ricos pobres, tener lo que no se aparenta y aparentar lo que no se tiene, qué curioso juego este de la mentira del espejo de las relaciones.

Qué escondidos están los verdaderos valores humanos, cómo se disimulan , anulan y cercenan con el poder de las debilidades de muchos.

Lo ví pasar, fugazmente, por un instante, el   que me tomé para descansar la vista, y qué profundo caló la imagen del viejo en mi corazón, qué hermosos sentimientos, cuánta admiración , cuánto íntimo respeto.  Maestro, maestro, grité para mis adentros . Sencillamente, el viejo , - sabio de vida-, me dió una lección, para mí, especialmente a mí, y yo estaba ahí,  para recibirla:  entender el valor de lo importante, reconocerlo, entender la generosidad como riqueza del corazón, el  confirmarme en el camino de la búsqueda. Gracias pobre rico, gracias anciano sabio, porque desde el otro lado de lo usual me enseñaste una hermosa lección. 

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