Asistí, como hago cuando no puedo dejar de hacerlo al entierro. No sé, pero para mí, el encuentro tan cercano con la muerte, tan real, tan cierto, tan al alcance de mis sentidos prácticos, siempre ha sido un drama mental . No me asusta la muerte, sólo me sume en un estado de angustia, de indefensión, el hecho de no encontrar la respuesta a ese enigma, a ese acontecer inevitablemente asociado a la vida, como la cara y cruz de una misma moneda.
¿Qué sómos, quiénes, realmente? ¿cuál es el sentido y significado de nuestra vida, cuál nuestra misión, nuestro valor real, nuestro lugar en la existencia del Universo?
Me duele tan angustiosamente la incapacidad, la pequeñez e insignificancia del poder de mi mente para dilucidar, siquiera arañar en el muro de la verdad, solución a estas cuestiones, que el cumplimiento de ese hecho “social” de acompañar en entierros, se convierte en un drama personal.
Es una sensación imposible de transmitir con palabras ni de ninguna otra manera, pero me deja sumido en un vacío temporal, angustioso , sensible en extremo, en el que el llanto interior encuentra fácil salida en lágrimas de impotencia , de fracaso en el empeño de encontrar respuesta, en descubrir la verdad, en conocerla realmente.
Alguien salío del cuarto que aún conservaba ese olor que por asociarlo al hecho en sí, me resulta desagradable, ese olor a perfume de flores, flores de cementerio, con una vasija que llevaba, en su pequeño tamaño, 74 años de historia, de luchas y esfuerzos, de trabajos, miedos y angustias. 74 años también, de alegrías y satisfacciones, pero resumidos todos, en un puñado de cenizas, aún tibias, todo encerrado en ese pequeño recipiente.
Esa sensación, vital, de sentir que pasa el tiempo y que esas incógnitas siguen sin encontrar respuesta en mí, me producen una sofocante y angustiosa prisa contra el propio tiempo para seguir en la búsqueda de las respuestas ansiadas. Quizás, sea esa, la única, y verdadera razón de vivir, la única misión del ser humano: el encontrarse a sí mismo, en descubrirse en su verdadera dimensión, en su cierta identidad.
Todo queda, todo lo que está, sólo lo que está, resumido en un pequeño puñado de cenizas. Nada más, nada de lo ha estado con nosotros y en relación con nosotros nos acompaña, nos perjudica ó beneficia, nos pertenece ó adeudamos. Todo un puro montaje de la mentira de los sentidos físicos.
En ese puñado de cenizas, no somos jueces, no somos presidentes, no somos ricos, no somos pobres, no somos buenos, no somos malos, no somos listos ó tontos…en definitiva nada . No tenemos compañías ni familia, posesiones, méritos ó títulos. Nada hay que sea más que nada.
Sólo aquello que somos realmente , sólo la esencia desgajada va más allá de ese puñado de cenizas, que en el fondo nos ha de hacer ver que …después de todo…¿para qué?
No hay comentarios:
Publicar un comentario